Cualquier tiempo pasado fue peor
Joaquín Fernández
Departamento de Biología Celular

La memoria es un don inapreciable para los que la han perdido. Un ancla para los que quieren navegar por el presente o fijar su atención en el futuro. Recordar es un género literario que se emprende a determinada edad, cuando se empieza a perder la imaginación y otros atributos, considerados juveniles o de madurez, y comienza el abismo de la senectud, que nada tiene ni de divina, ni de tesoro.

Cuesta mucho volver la mirada a una buena parte de nuestra vida, aunque sólo sea nuestra vida profesional. Porque lo profesional es muy difícil de aislar de otras muchas vivencias personales y afectivas. No es fácil el empeño. Sobre todo porque lo que algunos recordamos con precisión para otros quedó sepultado en los más recónditos lugares de los que nunca aflorarán las mismas cosas. Por ello, querido lector, seas amigo o no, deberás excusar que estas líneas sean solo mis recuerdos sin más. No hay propósito detrás. De ellos me siento parte y con ellos no pretendo ofender la memoria de nadie ni elevarme por encima de otros que también resultarán pertinentes en este libro. De forma más intuitiva, es mi caso, que reflexiva o documentada, que es el de otros, pretende este libro recoger algunos de nuestros buenos y malos recuerdos. Son evocaciones de los últimos cuarenta años pasados en esta Facultad de Ciencias Bológicas, primero como estudiante y después como profesor en formación continúa en diferentes categorías, desde becario FPI, psando por auxiliar, ayudante, adjunto, titular o catedrático.

BIOLOGÍA DE AYER Y DE HOY

Pretendía decir que nada, casi nada, tienen que ver nuestros estudios actuales con los que yo inicié en la década "gloriosa" de los sesenta. Pero no es así, allí estaban de manera incipientes los destinos que la Biología tomaría y que se harían evidentes a finales de los setenta y comienzos de los ochenta. La biología no estaba por entonces de moda como lo está ahora. Había pocos biólogos, la mayoría dedicados a la enseñanza y unos pocos muy pocos dedicados a la investigación y casi ninguno dedicado a otras tareas alejadas de las materias que habían estudiado. Todo lo contrario a lo que hoy ocurre. Hoy los biólogos, como son muchos, están por todas partes. Es una población inespecífica y ecuménica.

Predominaba por entonces la sistemática, la morfología y comenzaba a tomar cuerpo la biología celular y la molecular o la fisiología comparada de vegetales y animales, la matematización o cuantificación de la biología se desplegaba de forma tímida e insegura, mientras que la ecología brillaba por su ausencia. Si tuviéramos que enseñar hoy con solo lo que aprendimos en aquellos años nuestros alumnos quedarían decepcionados. Hemos tenido que seguir estudiando. Pero nos gusta. La Biología, esta vez con mayúsculas ha cambiado y además ha progresado. Nosotros también hemos cambiado y hemos tratado de ponernos, siempre que hemos podido, al día de tanta información generada, mucha irrelevante (más de lo mismo), si bien alguna nos ha cambiado la forma que teníamos de verla y entenderla.

Este ha sido uno de los grandes cambios, natural por otra parte, que hemos asumido con mucha satisfacción, porque la aventura del conocimiento es una de las cosas buenas que tiene la vida. Nada es igual a lo anterior. Ya lo decía Heráclito el filósofo triste, que veía en ese cambio constante una imposibilidad cósmica para entender lo que estaba pasando. Si no puedo parar esta película, rebobinar y pasarla a cámara lenta no es posible explicar nada de lo que ocurre. Aunque el cambio puede explicarse de forma pesimista, vamos a elegir, como reza el título una visión optimista. El mejor conocimiento de los organismo vivos, obtenido con el esfuerzo de muchos investigadores, produce una gran satisfacción a los usuarios del mismo. Una satisfacción sólo comparable a una buena lectura, una buena música o una buena película.

ORGANIZANDO LA CONVIVENCIA

Nuestra generación o, si se quiere, nuestra promoción, concepto más restringido, ha notado esos avatares de ese destino incierto, a veces pretendido, a veces azaroso. Otros cambios importantes se han operado en estos años en las formas organizativas de la Universidad, de la nuestra y de las restantes y, como es natural, de nuestra Facultad. Los tiempos que corrían mientras estudiábamos y cuando fuimos profesores PNNs (Profesores no numerarios) no eran muy propicios al pensamiento y a la creación. Para crear hace falta un clima de tolerancia y comprensión. En aquellos años no sólo no se podía expresar uno libremente, sino que tampoco existía la oportunidad de callar. La libertad es imprescindible para la creación científica y artística, pero también para la organización social, política y económica. Además son necesarias las personas que emprendan esas tareas. La Universidad de la Dictadura constituía un freno para muchas de nuestras aspiraciones. Tal vez era mucho más importante lo que ocurría a nivel del estado, ya que ahí las insuficiencias eran aún mayores.

La falta de libertades, la persecución de cualquier tipo de organización de los ciudadanos, fueran asociaciones sindicales o políticas, y una censura que llegaba hasta la vida privada, nos asfixiaba. Tampoco se podían expresar opiniones contrarias al régimen o a las autoridades académicas. Vamos que lo que ahora nos parece una cosa insólita, entonces no lo era y la mayoría callaba. Algunos hasta eran proclives a admitirlas porque así eran las cosas. Una consecuencia de la guerra civil y que no merecía la pena cambiar. Fueron años de lucha, en ocasiones demagógica, pero en otras de búsqueda de una salida digna si es que podría haberla, de clandestinidad con los peligros que esta entraña, de idealismo casi paranoico, de entrega casi suicida, de valor y aventura.

¿Merecía la pena aquella conquista?. Hoy creo que nadie lo niega. El neutralizar a las formas de organización autoritarias y conseguir convencer con actitudes ejemplares nos ha traído una etapa de sosiego, de democracia, de reforzamiento de instituciones, que por entonces parecía impensable. También cambiaron las cosas, no al gusto de todos, pero vivimos y contribuimos a ese cambio. Con el paso del tiempo la política dejó de interesar a la mayoría y nos preguntamos ¿Qué hacer?. Bueno pues la mayoría se puso a recuperar el tiempo perdido y se puso a trabajar en lo que más sabía o más le gustaba. Se acomodaron como pudieron unos, otros se descolocaron, otros se situaron todavía mejo de lo que estaban. Es lo normal, así son los cambios: desencanto para los que querían más y, tal vez, acomodo para los que solo querían que todo siguiera como hasta entonces.

DE LA BIOLOGÍA ANTIGUA A LA BIOLOGÍA MODERNA

Después del primer cambio, el de los contenidos científicos, vino casi parejo el segundo traducible en una nueva forma de vivir en democracia y libertad. Otros cambios, no menos importantes, han sido los sucesivos Planes de Estudio que hicieron caer algunas antiguas formas de entender la biología. Uno de los más notables y que fue generalizado en todas las Universidades desde la de Harvard hasta la más humilde de la más remota y débil región del planeta, fue la polémica entre lo que debía ser primordial en los estudios de Biología si las células y sus moléculas o los organismos y los ecosistemas en que nacen, se desarrollan y mueren. La estructura que no cambia y es universal o el cambio contiguo. ¿Quién tenía la razón Parménides o Heráclito? ¿No serían ambos?

Todavía se aprecian de aquellas tempestades estos lodos actuales. Aún sigue habiendo discusión entre unos y otros y, algunos hasta creen que debemos destacar la diferencia, que particularmente detestamos algunos, entre biólogos de bata y biólogos de bota. Los nombres son tal vez oportunos y hasta pueden resultar chistosos, aunque para muchos es la negación de la individualidad de la Biología, el reconocimiento de que ambas se miran con mutuo recelo. Entre un sofisticado biólogo molecular convertido casi en un químico o un físico de impoluta bata blanca y un desaliñado "pajarero" (que no se ofenda ninguno) hay marcadas diferencias. Pero ambos en los últimos recovecos de su corazón guardan como oro en paño que es biólogo y se conmueve, tanto cuando le cuentan como se expresa un gen dedicado a desencadenar el desarrollo preciso de la nerviación en un ala de Drosophila melanogaster, como cando recibe información sobre la forma en que un batracio se protege con la secreción de una película impermeable a los ambientes hostiles sin agua o una población resiste de forma numantina a todas las agresiones que se han desatado contra ella por la incuria de los humanos. Lo cual no quita tampoco para que tengamos excelentes compañeros transmutados, siempre por las circunstancias, en biólogos, aunque guarden en lo más profundo de su alma un químico, un médico, un veterinario o un farmacéutico. Pero la biología como el sacerdocio imprime carácter.

Tuvimos que asistir a una guerra soterrada auspiciada por irresponsables y que se tradujo en roces, envidias, desdenes y agravios, incluso entre amigos, entre colegas y entre Departamentos. Hoy nos parecen actos irresponsables de los que atizaban deliberadamente ese fuego. Fuego fatuo que por fortuna no prendió y se ha ido transformando en respeto mutuo y colaboración. Como se dice ahora "buen rollo" entre todos.

AMARRADOS AL DURO BANCO DE LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS

Otra prueba superada ha sido nuestra adscripción a la revolución tecnológica que ha supuesto la entrada de los ordenadores y las posibilidades que viene ofreciendo este mundo digital tan reciente y fascinante. La primera noticia, que tuvo el que esto escribe de ese nuevo mundo de autómatas, le vino de un buen amigo que llegaba de París donde había tenido ocasión de ver un prototipo, en el que un antiguo cajero de banco era sustituido por una máquina, que en nada se parecía al triste empleado de manguitos y visera de las películas y que tenía la mala suerte de caer baleado por los atracadores. Con esa máquina, hoy tan banal, se podía mantener una conversación similar a la que podría tener un depositante de sus ahorros en un banco y un cajero de carne y hueso. Porque la máquina te pedía que te identificaras a través de una tarjeta provista de una banda magnética que reconocía al cliente, y luego establecía un menesterosos diálogo de no muchas palabras y acciones sobre lo que deseabas y tu le contestabas con monosílabos que se transformaban en códigos electrónicos, poco después, te informaba de cómo andaban tus cuentas y tú acababas escribiéndole de qué cantidad querías disponer para pasarte una buena tarde. Junto a esta maravilla me comentaba como determinadas piezas realizadas automáticamente podían pasar por centenares de mediciones de precisión antes de ser admitidas o rechazadas como apropiadas; trabajo este que sin esa maravilla requeriría muchas horas de dedicación de un técnico meticuloso.

Todo eso era el futuro y es ya el presente. La mecanización de los primeros molinos del mundo antiguo o la automatización posterior de los tornos de hilar de Bolonia, el sueño humano más deseado, el que acabaría con el trabajo rutinario, estaba a la vuelta de la esquina y eran los finales de los 70 y los principios de los 80. El primer texto que escribí en un ordenador personal IBM lo confeccioné en el Centro de Cálculo de nuestra Universidad, cuyo Director - con el que me unía una gran amistad - me lo facilitó después de elogiármelo.

Ahí estábamos todos pendientes de un hilo, o mejor, de un ordenador personal con el que mantuvimos al principio una relación de amor odio, que pronto dio paso a querer que las impresoras acabaran cuanto antes porque nos parecían muy lentas. ¿Donde quedaron esas Tesis escritas, primero a mano, luego en una máquina de escribir con varios folios (por entonces no había otros formatos) y un papel de calco pringosos para hacer la copia? (¡ por no haber no habían ni fotocopiadoras, sólo rudimentarias ciclostiles!). Una copia para nosotros la otra para que la revisara nuestro amable director. Vuelta a corregir y, finalmente, había que encontrar una diligente mecanógrafa que nos la "pasara" en las incipientes máquinas de escribir eléctricas, en las que las letras estaban en una esfera como si fueran estados o regiones de un planeta de escrituras. Volvimos unos antes y otros después a habituarnos a estas máquinas que nos solucionaban la vida. Pero, a la vez, una de las tecnologías más sofisticadas de la guerra fría, al quedarse obsoleta, pasaba al mundo científico y después, en muy poco tiempo al resto de la población y a la información en general. Nacía Arpanet y poco después Internet. Todos podíamos estar conectados con todos a través de nuestras computadoras personales. La gran red o telaraña empezaba a extenderse de manera inexorable como una gran pandemia de consecuencias impredecibles. Todavía puedo ver ante mis ojos, en letra verde y sobre fondo negro, la información que era posible obtener en unos pocos segundos. Recuerdo mi personal sorpresa al encontrarme con los productos que los Estados Unidos de Norteamérica intercambiaban con los Estados Unidos de México en los años 80. Eran páginas y páginas a disposición de todos los comerciantes, de todos los productores de bienes y servicios. Fue la primera sorpresa. Luego vendrán otras como los "buscadores" o la posibilidad de acceder a bancos de datos y a revistas electrónicas, incluso de fundarlas y hacerlas. También la insidiosa aparición de los virus informáticos o los "cuelgues" que había que sufrir como auténticos estóicos ese último día en que todo debería funcionar a la perfección y al ordenador le daba un yuyo.

Esta prueba, la de adecuarnos a ese mundo cambiante de la informática y la ofimática, fue decisiva para llegar a medio convencernos de que estábamos preparados, muy bien preparados para padecer y superar muchos contratiempos de muy diferente naturaleza. Thomas Khun dice que la ciencia pasa por períodos de calma en los que no se hace otra cosa que consolidar un paradigma. Piénsese en el tiempo transcurrido desde la formulación del darwinismo hasta la formulación del neodarwinismo. Pasaron casi cien años. Los primeros cincuenta de auténtica revolución. Costaba mucho admitir que la naturaleza no tenía propósito y que los seres vivos pertenecemos a la misma familia. Pero nuestra generación ha tenido que cambiar continuamente y cuando la normalidad parece apuntar en el horizonte se vuelve a desatar algo nuevo que nos zarandea y vapulea. ¿Qué les espera a nuestros hijos y nietos? Sufrirán muchos más, aunque todo tiene un techo y estas décadas prodigiosas puede ser que no vuelvan a repetirse en muchos años. No quiere esto decir que no habrá nuevas revoluciones en Biología. Entender las funciones de nuestro cerebro no va a ser fácil o desvelar las reglas que rigen los genomas para dar lo que dan con esa fascinante precisión. La mecanización y automatización seguirán siendo decisivas. Los recursos seguirán siendo escasos y nuestros deseos ilimitados. Tal vez la organización de la convivencia pacífica, el conocimiento científico y el arte tienen mucho trayecto que recorrer. Sólo en ellos parece estar la clave para llegar a decir que cualquier mundo pasado fue peor y cualquier mundo futuro fue mejor. O bien, como el gran sabio Parménides, llegaremos a la conclusión de que nada cambia y todo permanece porque en la naturaleza y en el hombre no hay destino posible de perfección por mucho que anden unos empeñados en ello, mientras otros se empeñan con similar tesón en que no lo sea. A ver si va a resultar que los propósitos humanos son un despropósito.

NUESTROS QUERIDOS MAESTROS

¿Qué ha sido de los gigantes sobre los que nos subimos? ¿Existieron? ¿Cómo hemos sido o seremos considerados por los que se subirán sobre nuestros hombros ahora o en el futuro? El conocimiento científico, pero también muchas acciones humanas, se hacen en gran parte apoyándose en los hombros de gigantes. Son gigantes nuestros maestros, nuestros escritores preferidos, nuestros arquitectos, escultores, pintores, fotógrafos, directores de cine, infógrafos y músicos y hasta algunos miembros familiares y algunos pocos amigos. Espero no dejarme a nadie. Aquí toca hablar un poco de nuestros maestros o de los que tenían esa consideración, aunque en muchos casos nos hayan decepcionado, y no digamos lo que nosotros les hemos decepcionado. Luego hablaremos de nuestros alumnos, que es otra cosa aunque íntimamente relacionada.

Fuimos alumnos en una Facultad, que primero era de Ciencias. A mí eso me gustaba. Servía para hacer amigas y amigos de diferentes especialidades. Aunque nuestras disciplinas fueran tan distintas teníamos muchas cosas en común y las seguimos teniendo. Sin embargo, frente a la especialización (saber nada de nada) existirá siempre el holismo (saber un poquito de casi todo). ¿Son irreconciliables esas dos formas de entender el mundo de los hechos?. Parece que no. Es cierto que la especialización conduce inexorablemente al éxito o al fracaso. Es más frecuente que sea al fracaso porque no todos tienen la suficiente astucia, perseverancia y suerte. El otro camino es más rico y más compatible con el anterior. También conduce al fracaso, pero la riqueza y la satisfacción que produce explorar nuevas incógnitas, intentar aprender de lo que no sabemos nada y descubrir que nada o casi nada se sabe de algunas cosas que parecen evidentes, es una actividad muy satisfactoria. Despertar cada día ante la curiosidad que nos depara el mundo en toda su amplitud es, ¡que duda cabe!, mucho más sugerente. Entre estos dos mundos nos movemos mientras algunos ilusos se decantan por uno de ellos. Y entre nuestros gigantes los había de las dos clases y, como no, partícipes de ambas formas de entender el mundo. Pero también los había, como se dice ahora, "fundamentalistas" y tolerantes. Solemnes y cercanos. Imbéciles y listos Simples y complicados. Ignorantes y sabios. Imaginativos e incapacitados para pensar. Ilusos y prácticos. Elegantes y zafios. Intrépidos y apocados. Fogosos y pausados. Untuosos y directos. Siniestros y diestros. Simpáticos y antipáticos. Severos y condescendientes. No voy a dar nombres. Que cada uno de los lectores les ponga los apelativos antes mencionados y otros más a sus maestros o los que pretendieron serlo. A mí me tocó de todo. Fue una buena y variada muestra. Unos me enseñaron como debería ser y los admiro por ello, mientras que otros, sin mayor esfuerzo, me convencieron de cómo no debería ser.

Todos trataron de hacer las cosas como podían, como ahora, sin ir más lejos. Ese debe ser el resultado de la convivencia, en este caso con tus profesores. En cualquier caso el resultado, a la vista está, no ha sido muy bueno, tal vez por tanta diversidad donde tener que decidir. Algunos clones de sus maestros pueden verse en los pasillos de nuestra casa. No andan igual pero lo intentan, no hablan igual pero les gustaría y no son tan iguales como desearían. En otros casos, en el de los traidores, se les nota que reniegan y se complacen en pensar que todo se lo deben a ellos mismos.

Pero dejemos a un lado como nos gustaría que fueran las cosas y pasemos a verlas tal como fueron. Nuestros maestros venían de una situación de partida traumática, triste, siniestra, decepcionante en suma. Sus maestros o muchos de ellos estaban en el exilio exterior o en le interior como causa de la guerra civil. Esos hombros que habían empezado a crear una Universidad y una investigación moderna no estaban y sus proyectos se habían frustrado. Los años de posguerra o la miseria intelectual que se instaló, había dejado en ellos una huella imborrable, un miedo y un fatalismo maduro y paralizante. Tenían, en la mayoría de los casos, auténtico terror a todo, fueran sus simpatías hacía un bando o hacía otro. Nosotros éramos otra cosa. Nos parecíamos, eso sí, a sus hijos y el ambiente que se respiraba en las familias era similar al de las nuestras. Algo estaba pasando. Aquellos imberbes, pensarían, querían otra cosa. ¿Mejor? ¿Peor? Estaba por ver. Un mundo convulso, el de sus alumnos, había entrado en sus vidas y les había zarandeado. Así pudimos comprobar que la universidad en la que estaban, como lo hacíamos nosotros, era una institución presa del pánico a pensar. Era muy elocuente un silencio sepulcral, del que algunos no han podido desprenderse. Sigue existiendo el miedo a los que mandan y, lo que es mucho más grave, a los que pueden llegar a mandar. Pero entonces esa respuesta a la supervivencia tenía justificación. No es que se perdieran algunas prebendas, es que se perdía todo. Ese miedo sombrío había esclerosado cualquier intento de cambiar las cosas.

SALIR, INVESTIGAR Y PUBLICAR

Se sabía o, mejor, algunos sabían muy bien, que se podían hacer carreras fulgurantes con poco esfuerzo y mucho incondicional apoyo. Unos pocos, pero muy pocos, instruidos por la sensatez de sus maestros, habían recorrido el largo camino de pasar por centros extranjeros y hasta se habían impregnado de lo elemental en una carrera universitaria e investigadora. Otros no. Otros fueron educados en la creencia de que ello no llevaba a nada o no querían que llevara a nada, que era mejor guardar el sitio. Quitarse el pelo de la dehesa fue una opción de aquellos años. Había que investigar y publicar y además hacer una especie de revolución para conducir a la institución hacia una estructura más autónoma, democrática y libre. La primera Ley de Autonomía así lo intentaba, pero ya llegaba tarde. La situación menesterosa de la universidad no permitía hacer mucho. Cada vez el dinero llegaba a menos manos, aunque había también un reconocimiento implícito del "café para todos" o, mejor, miseria para todos. Menos, claro está, para los privilegiados y los que se situaban con astucia a la sombra del poder o en los medios de comunicación. "Peer en botija", que es como se ha dicho siempre en castellano, lo aprendieron algunos enseguida y comprobaron lo agradecido que es divulgar "lo bueno que somos" y aparecer en los medios.

Sin embargo, el espíritu imperante era tratar de hacer una carrera investigadora lo más digna posible, mientras se afrontaban otras tareas que siempre iban a jugar en tu contra. Un camino de perdedores. Mejorar las disciplinas, acercarse a los alumnos y además intentar colarse en el proceloso mundo de las revistas extranjeras, recomendar a los que entraban que no cometieran tus errores y salieran a oxigenarse y además de todo eso hacer política universitaria y de la otra. Vamos que algunos no paraban, mientras otros trepaban y trepaban. Así se produjeron las primeras acciones contra las tradicionales oposiciones a los cuerpos de funcionarios. Se había elegido, tras arduas discusiones, la vía del contrato laboral revisable, no imperdurable, como la única opción digna para la universidad. Las estructuras del franquismo y del postfranquismo no podían entender tanto romanticismo, cuando la realidad es que en estas propuestas sólo se trataba de poner la Universidad en la vía de la racionalidad y modernidad. Una masiva funcionarización acabó con estos sueños. Así les fue de mal a algunos cuando las cosas empezaron a cambiar y a exigirse aquello para lo que la mayoría no estaban preparados. Sin embargo, poco a poco nos fuimos adaptando a las nuevas circunstancias como pudimos. Muchos fueron los derrotados en este nuevo reto. Muchos los decepcionados.

Para algunos esto serán monsergas, pero la fidelidad al pasado requiere reflexionar sobre estas circunstancias, no para maldecir el tiempo pasado ni para vanagloriarse del mismo, sino simplemente para que no vuelva a repetirse cuando empiece a decaer, - lo que ya ha comenzado en muchos que nadan perplejos deseando alcanzar el retiro -, tanta energía dispuesta, tanto voluntarismo y buen sentido del deber.

LA SAL DE LA UNIVERSIDAD

La sal de la universidad son los estudiantes. Sin medio la vida no tiene fundamento, decía Sechenov, sin estudiantes la Universidad tampoco lo tiene. En nuestra experiencia los alumnos pasan de ser nuestros pares en los primeros años. No hay mucha diferencia en años, ni en experiencias y hasta en conocimientos. Con el paso del tiempo hay diferencia de años, pero no tanta, las experiencias empiezan a no ser las mismas y, a diferencia de ellos, dominamos las disciplinas. Sobre todo porque nos hemos dado al estudio. Nos hemos dedicado a saber cada vez más y a intentar explicarlo cada vez mejor utilizando todos los recursos a nuestro alcance. No hay mayor satisfacción en un profesor que ver que sus alumnos le miran con una cierta benevolencia y, en ocasiones, pueden vislumbrar que has conseguido encandilarles, porque has conseguido que se sorprendan ante unos hechos, ante una explicación que parecía un sinsentido. Esos son los momentos que ntodos deesamos, profesores ya lumnos. Nuestro trabajo teien mucho de actuación teatral. En muchas ocasiones tratamos de imitar a nuestros maestros y en otras utilizamos recursos, casi teatraleds o cinematográficos, para alcanzar la atención. Una sugerencia, una pregunta dejada en el aire, es suficiente para conmocionar la insaciable curiosidad del auditorio. Pero es muy frecuente caer en el tedio, en la explicación exhaustiva, pero nada intersante. Dicen que cuando quieres que se te lea, no se puede escribir mucho, y cuando lo que quieres es que no se te lea hay que escribir mucho. Transmitir lo esencial o dejar caer una erudición castradora. Entre esas dos opciones nos movemos. Recurriendo a la farragosa separata llena de dudas o vacía semánticamente, o haciendo una síntesis donde la disección ha dejado al descubierto lo que se sabe y lo que no se sabe. Sin la sal de la Universidad nada es posible. ¡Qué satisfacción cuando un alumno llama a tu puerta! Sobre todo si no es para revisar un examen desde una postura airada de ofendido, cuando tu no pretendes hacerlo. Cuando viene para consultarte algo que no entendió o para que le proporciones otra forma de ver las cosas. Cuando necesita un poco de consuelo o quiere compartir sus penas y alegrías. Con el tiempo distingues el adulador del amigo, el estudiante responsable del superfluo. El crítico del airado. El que reconoce sus errores y el que nunca se equivocará. Esa es la sal de la Universidad y es el futuro. Sin el estudio, cuando este toque y no precisamente antes de los exámenes, sin la reflexión madura sobre lo que se dice en las clases, sin el trabajo honesto, no hay formación. Nosotros ponemos y necesitamos, a su vez, recibir. El esfuerzo debe ser recompensado en ambos sentidos. Tal vez, el mejor regalo, es ver cuando nuestros alumnos se embarcan en una vida profesional dedicada a la investigación y a la enseñanza. Están reproduciendo, siempre mejor, lo que tu haces. Pero también es una satisfacción cuando te los encuentras haciendo otras cosas y te recuerdan cosas que tu olvidaste o si eras próximo o distante, si las bromas eran tales o lo decías en serio.


CONCLUSIONES DESORDEANADAS

Que cualquiera de nosotros tiene capacidad de análisis es un hecho. Más difícil es que cada diagnóstico nos sirva a todos de la misma manera. Prueba de lo que acabamos de decir es que todavía son habituales "esos políticos nuevos que el viejo Estado rezuman". La actual universidad española empieza a ser diversa. Las hay jóvenes y emprendedoras y las hay vetustas y varadas, en ocasiones en el pantano de la autocomplacencia. Debemos seguir enseñando a nuestros estudiantes cada día y, a ser posible con la misma dedicación que les dedicamos cuando empezamos, debemos seguir investigando en lo que buenamente podamos con los escasos recursos de que disponemos, pero debemos, a su vez, buscar una modernización y eso lleva implícito el rejuvenecimiento con los mejores alumnos de postgrado que nos sustituyan poco a poco en nuestras tareas. De lo contrario esta Universidad se hundirá irremisiblemente. La edad media del profesorado de la Complutense ronda los 55 años. En poco tiempo habrá jubilaciones masivas, deterioro físico y psíquico, envejecimiento generalizado. Ha valido la pena tanto esfuerzo, superar tantos cambios para encontrarnos que la hora del recambio generacional no aflora por ninguna parte, que nadie parece preocuparse de ello y que será una catástrofe sin precedentes. Las autoridades están paralizadas y sólo cambian las cosas para que todo siga igual. La pujanza que se le supone a la juventud se ha transformado en una a modo de resignación. ¿Hasta cuando? Si esto continua así el título de estos recuerdos puede volverse injusto. Ojalá que no pase.

Y termino para no cansar al lector, sea profesor, becario o estudiante. Cuando se escriben estas cosas se piensa en el posible sentido que tiene todo esto que hemos venido haciendo. Es inevitable. Esta misma pregunta se la han hecho todos los que han tratado de sorprender al pasado de forma muy resumida, como es este caso, o de forma detenida en varios tomos de recuerdos. El recuerdo es imperdurable mientras tus capacidades se mantienen frescas y en uso. Pero buscar sentido es otra cosa. Recurro para expresar lo que ahora pienso a las palabras bien hiladas y con contenido semántico de un escritor, que leo estos días. Se trata de Sandor Marai y dice así en las páginas finales de una parte de su autobiografía, cuando está a punto de emprender un exilio en busca de la libertad de escribir y de callar:

"Me esforzaba por escribir sobre el hecho de que hay algo en el ser humano que ninguna circunstancia - provocada por su propia naturaleza, por más terrible que esta sea - es capaz de cambiar: de que siempre existe en él algo, no forzosamente algo mejor, sino simplemente algo más, algo diferente, una posibilidad…"

Que el ser humano sea una posibilidad en sí mismo es lo que puede Haber tenido y tiene sentido. Superar obstáculos por muy imposibles que parezcan es accidental en un tiempo pasado que, salvando las añoranzas, siempre fue peor.

Madrid en el comienzo de la Primavera de 2006